Es importante cuestionarnos como es que llegamos a cierta
cotidianeidad de donde surgen estas
costumbres de nuestra cultura y como ha sido representada en imágenes (pinturas
y fotografía) a través de los años.
Roland Barthes en su libro la cámara lúcida, menciona que
en la fotografía se manejan elementos retóricos o de connotación haciendo
alusión a los elementos que se encuentran culturizados que hacen que la
fotografía carezca de sentido. Barthes define a la fotografía como una
reproducción analógica de la realidad que no contiene signos. Sin embargo
existe el estilo de la fotografía que crea un lenguaje y por lo tanto le da un sentido.
En lo personal algunas premisas de Barthes sobre la
fotografía me llevaron a pensar que el impacto de una fotografía o cualquier
imagen, depende de las vivencias personales de cada uno, es por eso que de una
imagen se pueden desglosar diversas connotaciones sobre ella.
Considerando esto, la
fotografía toma un sentido completamente subjetivo, pues se basa en experiencias
y sentidos emocionales. Evidentemente la fotografía va ligada con el recuerdo,
ese pedacito de memoria, un cachito de vida que solo es capaz de aparecer en la
mente como una estela difuminada de esa vaga imagen fantasmal. El ser humano
esta obsesionado con volver tangible ese destiempo que tanto le da nostalgia, la
interrogante es ¿qué es lo que hace que las personas vivan tanto en el pasado?
¿Por qué no quedarse en su presente? Un trámite tanatologico dice Barthes de la
fotografía.
Quizás sucede lo que Mercedes Sosa menciona en una
interpretación musical del escritor y poeta italiano Cesare Pavece en su composición
“canción de las simples cosas”, en ella menciona que “la tristeza es la muerte
lenta de la simples cosas” mientras que en otra estrofa refuerza “uno vuelve
siempre a los viejos sitios donde amo la vida y entonces comprendes como están
de ausentes las cosas queridas” pues a los fragmentos pequeños de vida los
devora el tiempo.
Barthes menciona que la fotografía es invisible, pues
siempre va acompañada de un sentido subjetivo.
El escritor francés también dice que en el retrato se
pueden llegar a manipular la imagen de una persona, todo depende de cómo se
quiera llegar a interpretar, puede llegar a ser un alarde de un nivel
financiero y social.
Roland Barthes tendía a las subjetivización con su premisa
“Todo esto debe ser considerado como si fuese dicho por un personaje de novela”
presentando un mar de apuntes, de notas y de fragmentos con un yo distante.
Barthes describe lo que ocurre cuando uno es mirado sin
saberlo pero muy a menudo ha sido fotografiado a sabiendas y cuando se siente
observado por el objetivo todo cambia: uno se pone en modo “posar” y se fabrica
instantáneamente otro cuerpo y por dentro se transforma uno en imagen.
Redacta Barthes que una tarde de noviembre, poco después de
la muerte de su madre, ordenaba unas fotos, hasta que “volvió a encontrarla” y
supo que, por esa fatalidad del duelo, por mucho que consultase las fotos, no
podría nunca recordar sus rasgos, lo que él quería era “escribir una pequeña
obra sobre ella, para él solo” y no podía decir que esas fotos de ella, le
gustasen, no se ponía a contemplarlas, ni se sumía en ellas, ninguna le parecía
realmente “buena”. Lo que le separaba de esas fotos es la Historia. Si bien
concuerdo con el autor que la fotografía repite mecánicamente lo que nunca
podrá repetirse existencialmente.
La fotografía puede ser relativa, la fotografía autentifica
la existencia de un ser (un ser amado, por ejemplo) y uno quiere volverlo
a encontrar enteramente, en esencia. Para Barthes la fotografía es inexistente
por el simple hecho de que al contemplar una fotografía lo que realmente vemos
es una historia detrás de esta imagen.
La vida está hecha así, a base de pequeñas soledades.
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